De lo que uno siembra más tarde come

De cara a toda esa locura, se me vino a la mente todo un “flash back” que me transportó a la niñez en Pácora (Caldas), mi pueblo natal. Recordé que cuando to­caban a la puerta de mi casa, mi madre me decía: Iván, asómese a la ventana a ver quién está tocando.Una vez, luego de correr y mirar por la ventana, le conté: ¡Mamá! Son dos señoras de vestido largo hasta los pies y con un libro debajo del sobaco.

Mi madre respondía gritando: ¡Ah!, esas viejas son pentecostales o testigos de Jehová, de esas fanáticas que son como locas; ¡dígales que aquí no hay nadie!

Tenía yo alrededor de siete u ocho años. Por esos días, acompañado de mis ami­guitos, los domingos, día en que se reunía toda esa cantidad de señoras pentecosta­les o testigos de Jehová, o quién sabe qué, nos parábamos en la puerta de su iglesia. Mientras las señoras cantaban, bailaban y aplaudían en su culto, nos armábamos con un pedazo de tubo de manguera que colocábamos en la boca (bodoquera) y cargábamos con un cono de papel que en la punta sostenía con plastilina un alfiler. Con la bodoquera lista, aprovechando el escándalo y la bulla gritábamos:

¡A la una, a las dos y a las tresl, [viejas fanáticas, viejas fanáticas! Y’¡pumm!’ Soplábamos nuestros cohetes destructores y nos volábamos antes que las viejas se dieran cuenta. Lo único que alcanzábamos a ver mientras corríamos, era a esas señoras gritando más fuertemente, no sé si del aleluya o del chuzón en el rabo, y mandándose la mano a él a quitarse los alfileres que les habían entrado facilito y derechito, ya que el material de sus vestidos largos era de seda muy delgada; eso, sin hablar del exagerado brillo y colorido de verdes fluorescentes, azules, rosados y rojos.
Continuar….