Un día mi Vida comenzó a desmoronarse.

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En tan sólo cinco días perdí veintidós kilos de peso; de ochenta y siete kilos bajé a sesenta y cinco; me desinflé como un balón y mi cuerpo quedó como una uva pasa, encogido y arrugado. Mi rostro palideció como un papel; con el paso de los días, se fue llenando de manchas; el tamaño de mis pies se redujo de cuarenta y tres a cua­renta y uno, y mis órganos genitales alteraron su funcionamiento.

Comencé a sentir un malestar digestivo insoportable, a tal punto, que al pasar la saliva me daba soltura de inmediato. Era como si me encontrara en un estado de descomposición, que me inducía a tener que salivar y escupir a toda hora.

Experimenté cólicos como puñaladas en el estómago y una espada que me atra­vesaba desde el ombligo hasta el recto, sin ninguna consideración por mí ni siquiera en las horas de descanso o sueño, pues entre las dos y tres de la mañana me produ­cía unos fuertes dolores que me despertaban hasta hacerme gritar y tirarme desde la cama hasta el suelo, tratando desesperadamente de aliviar algo el dolor.

Me la pasaba con la mano izquierda en el vientre, como consolando el dolor e intentando quizá evitar el siguiente cólico y con el miedo que me pudiera dar. En fin, todo este fenómeno físico que padecí me hacía ver como si estuviera viviendo una temprana vejez y, lo que es más tenaz, no sólo sufrí cambios traumáticos en mi fisiología, sino también en la manera de comportarme.